Por: Abril Aurora García
Feliz Día de las Infancias a los millennials que todavía amamos desde Dragon Ball hasta Toy Story. A quienes crecimos entre VHS rebobinados con pluma Bic, Cartoon Network después de la escuela y un nokia indestructible.
Somos una generación en tierra de nadie: demasiado jóvenes para sentirnos “señores”, demasiado grandes para seguir diciendo que “apenas estamos empezando”. Vivimos la paradoja de los 30-teens: adultos funcionales con nostalgia crónica, humor autocrítico y una crisis existencial razonablemente bien administrada.
Crecimos creyendo que hacer las cosas bien, estudiar, esforzarnos y portarnos “responsablemente”, nos garantizaría estabilidad, casa propia y futuro. Luego llegaron las crisis económicas, el burnout normalizado y un mercado inmobiliario que parece diseñado para recordarnos que la meritocracia era más mito que promesa.
Y aun así, aquí estamos, siendo tendencia.
Relajamos la oficina: menos traje, más tenis; menos jerarquía rígida, más horizontalidad, sin dejar de entender el ritmo de quienes trabajaron antes que nosotros. No rechazamos el esfuerzo; cuestionamos la glorificación del sacrificio vacío. No es que no queramos trabajar: es que no queremos que la vida sea solo trabajo.
Empezamos a nombrar lo que antes se callaba: salud mental, límites, trauma generacional, violencia normalizada, amor propio. A veces exageramos, como toda generación que descubre nuevas palabras, pero también abrimos conversaciones que llevaban demasiado tiempo enterradas bajo la costumbre.
Intentamos ser socialmente responsables. No siempre perfectos, pero sí más conscientes: de lo que consumimos, de lo que toleramos, de lo que repetimos. Criamos hijos con más presencia emocional y quienes no, cuidan sobrinos, perrhijos, gatos o plantas con una dignidad sorprendentemente seria.
Hoy vivimos entre el running, el matcha, los podcasts de productividad y los memes existenciales. Entendimos que ser tolerante no significa carecer de convicciones, y que crecer no implica volverse cínico.


Seguimos emocionándonos con los tazos, las tarjetas coleccionables, los stickers en la Mac, el fifa, todo desde un escritorio godín.

Eso no nos hace inmaduros, quizá eso nos hace humanos: adultos que no se avergonzaron de su infancia, que entendieron que la sensibilidad bien trabajada también es una forma de fortaleza. Así que feliz Día de las Infancias a los niños y niñas que seguimos llevando dentro. Porque de alguna manera, le estamos cumpliendo a nuestro yo de 6 años.



















