En los últimos años, Ciudad Juárez —como muchas otras ciudades— ha sido testigo del crecimiento de colectivos, asociaciones y redes de mujeres que buscan impulsar el emprendimiento, el liderazgo y la visibilidad femenina, espacios que nacen, en su mayoría, desde una intención legítima: conectar, apoyar y fortalecer, dado que el contexto lo exige.
Hoy, en México, casi 3 de cada 10 mujeres ocupadas son emprendedoras. Cerca del 47% representa el principal ingreso de su hogar. Sin embargo, la participación laboral femenina sigue siendo de apenas 46.3%, una de las más bajas entre los países de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos), y las brechas salariales continúan oscilando entre el 20% y el 33%.
Es decir, las mujeres no están participando en la economía por tendencia o discurso. Están sosteniendo familias, generando oportunidades y construyendo camino en entornos que aún presentan múltiples barreras.
En ese escenario, la creación de redes no solo es valiosa: es necesaria. Pero también abre una conversación que vale la pena profundizar.
Porque no todas las redes operan igual, ni todas generan el mismo impacto. Algunas están diseñadas para crear comunidad genuina, acompañamiento real y crecimiento compartido. Otras, en cambio, responden a dinámicas más estructuradas —con modelos organizativos, cuotas de participación o formatos definidos— que también cumplen una función, aunque desde otra lógica.
Y ambas pueden coexistir.
El punto no es cuestionar su existencia, sino invitar a reflexionar sobre su propósito.
Porque más allá del formato, lo verdaderamente relevante es lo que sucede dentro de esos espacios:
¿Se generan oportunidades reales?
¿Se construyen vínculos que trascienden el evento?
En ese punto también vale la pena hacer una pausa necesaria:
Cuando la dinámica de un espacio gira más alrededor de la exposición, el reconocimiento o la validación externa, el sentido de comunidad puede diluirse… casi sin darnos cuenta.
No porque esté mal visibilizar —la visibilidad también abre puertas—, sino porque cuando se vuelve el centro, corre el riesgo de desplazar lo esencial.
Y lo esencial no es figurar.
Es conectar.
No es acumular reflectores.
Es construir vínculos.
No es solo “estar”.
Es realmente coincidir.
La sororidad, en su sentido más profundo, no depende del tipo de evento ni del formato de la red.
Depende de las acciones.
Es recomendar a otra mujer cuando no está presente.
Es abrir espacios sin esperar algo a cambio.
Es compartir información, contactos y oportunidades con intención genuina.
Es construir, incluso cuando no hay reflectores.
En un entorno donde el tiempo, la energía y los recursos son cada vez más valiosos, elegir en qué espacios participar también se vuelve una decisión estratégica y personal. No todos los espacios son para todas. Y eso también está bien.
Pero sí vale la pena preguntarse si el espacio al que asistimos está generando valor… o si, poco a poco, se convierte más en una dinámica de intercambio que en una verdadera comunidad.
Lo importante es que cada mujer encuentre aquellos donde realmente crezca, aporte y se sienta apoyada.
Porque al final, la fuerza de una red no se mide por el número de asistentes ni por la visibilidad de un momento. Se mide por el impacto que deja después.
Hoy, más que nunca, la conversación no está en tener más espacios, sino en fortalecer su sentido. En dejar de lado el ego que a veces acompaña los reflectores, para regresar a lo que realmente importa: la conexión, la colaboración y el crecimiento compartido.
Porque cuando la intención es auténtica, la comunidad no se impone… se construye.
Y cuando la sororidad es genuina, no necesita explicarse: se percibe en los hechos.
POR: ANA LILIA MORENO R.



















