El peso de las palabras absolutas

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Las palabras son esenciales en nuestro entorno y en nuestra vida diaria. La lengua es una de las características más complejas y distintivas de la humanidad. Sin embargo, A menudo descuidamos el poder de comunicarnos al hablar o pensar. A veces distorsionamos la realidad y convertimos el lenguaje en un arma que dirigimos hacia otros o hacia nosotros mismos.

La interpretación errónea de la realidad distorsiona nuestro pensamiento y puede tener consecuencias negativas. Todos experimentamos distorsiones cognitivas ocasionalmente. Reconocerlas y gestionarlas mejora nuestro bienestar, promoviendo una mentalidad más realista y positiva. Una de ellas es la sobregeneralización, motivo común de consulta en la terapia psicológica, ya que involucra un componente lingüístico significativo. Esto se manifiesta cuando asumimos que un evento que ocurrió una vez siempre se repetirá, así que usamos un lenguaje absoluto. Nos hacen creer que podemos hacer todo bien o todo mal, pero no somos ni lo uno ni lo otro, ni lo mejor ni lo peor, ni perfectos ni fracasados, ni invencibles o inútiles. Estas distorsiones son especialmente relevantes en casos de depresión y ansiedad.

¿Alguna vez has usado estas frases?

“Nunca piensas en mí”.

“He dado todo por él”.

“Siempre estaré a tu lado”.

“Nada me sale bien”.

Con frecuencia empleamos de manera descuidada palabras como «Todo», «Nada», «Nunca» y «Siempre» sin percatarnos de su influencia en la intensidad de nuestras expresiones. Sin embargo, en lugar de mejorar la comprensión, distorsionan la realidad. 

Estos términos promueven interpretaciones exageradas que desencadenan emociones intensas, generalmente negativas. Este uso condiciona nuestras decisiones y dificulta el pensamiento lógico, lo que lleva a consecuencias perjudiciales y un impacto negativo en nuestra autoestima, pues nos da la sensación de ser menos competentes que los demás.

En momentos de emociones intensas, nuestro cerebro funciona de manera distinta. Mantener una comunicación abierta y clara suele ser difícil, ya que las emociones nos impulsan a utilizar lenguaje inapropiado o a defendernos vehementemente. En tales situaciones, es valioso tomarse un descanso para recobrar la calma y así concluir la conversación de manera constructiva.

Por ejemplo, al anticipar un futuro negativo con expresiones como «nunca volveré a ser feliz«, tendemos a extraer conclusiones catastróficas sin pruebas a raíz de un estado de ánimo negativo. Del mismo modo, al afirmar «lo haces todo mal», ignoramos las cosas que la otra persona hace bien. Estas expresiones pueden convertirse en «profecías autocumplidas», ya que al anticipar el fracaso, es más probable que dejemos de intentarlo.

A veces nos limitamos al decirnos a nosotros mismos «todo lo que hago me sale mal», lo que reduce nuestras posibilidades de éxito. Del mismo modo, el uso de «nada» en frases como «nada me sale bien» genera desánimo y una sensación de inutilidad. En realidad, el uso excesivo de las palabras “todo” o “nada”, aunado a una connotación positiva o negativa, distorsionan nuestra percepción de los eventos que experimentamos. Decir «todo me sale bien» o «nada me sale mal» crea momentáneas sensaciones de bienestar o malestar que no siempre se ajustan a la realidad. En lugar de caer en estas trampas lingüísticas, debemos reconocer que el lenguaje influye en nuestra mentalidad y acciones. Ser conscientes de su empleo aumenta nuestras oportunidades de éxito.

En conclusión, es crucial elegir con cuidado las palabras que usamos en nuestra vida cotidiana, ya que tienen un impacto real en nuestras emociones y acciones. Además, debemos recordar que el lenguaje no solo es un medio de comunicación con los demás, sino también con nosotros mismos, y lo que decimos nos afecta como oyentes internos. El empleo de términos absolutos obstaculiza la posibilidad de cambio.

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